Desde mi Blog

Autoestima

Cuando se habla de Autoestima, pareciera que se hace referencia a un término algo esotérico. Sin embargo, ésta es un constructo ampliamente estudiado por la psicología, debido al impacto que tiene en el desempeño general del ser humano. La autoestima es la percepción positiva que se tiene sobre sí mismo, no sólo en cuanto a la presencia física (valor sobre el que se hace hincapié particularmente en nuestro país) sino que incluye lo que la persona se asuma capaz de hacer o de lograr, basándose en sus habilidades, experiencias y conocimientos.

Al igual que la personalidad, la autoestima se construye en los primeros años de vida y es formada por los padres o cuidadores principales de un niño. Es por ello, que toda la información y los mensajes explícitos e implícitos de la comunicación padres-hijos, resultan tan delicados y puedan conducir a un daño difícil de reparar en la vida del adulto. Cuando no se le permite y estimula al niño para que se valga por sí solo y aprenda a ser independiente en la medida que se va desarrollando (esto envía el mensaje “tú no puedes”), o se le dicen palabras descalificadoras ante su desempeño en las actividades cotidianas (“todo lo haces mal”, “por qué no eres como tu hermano”, “ojalá no fueras tan gordo, o fueras más alto, debes ser el más bruto del salón, etc.), o se le induce para que lleve a cabo una actividad que es importante para los padres pero no en la que necesariamente el niño muestre talento o agrado (obligarlos a practicar algún deporte, a convertirse en modelos o cualquier otra actividad extracurricular), cuando se da valor a lo que la persona TIENE en lugar de lo que la persona ES, se lastima el concepto que el pequeño va construyendo de sí mismo. La persona va creciendo sintiéndose inadecuada e incapaz de complacer las expectativas que tienen los otros sobre ella y esto se traducirá en la elección inadecuada de una carrera universitaria, de un trabajo que no necesariamente llene sus expectativas, de una  pareja que abuse física o psicológicamente de él o ella y finalmente, en una sensación profunda e inexplicable de infelicidad que puede terminar en un episodio serio de depresión.

Como madre y como psicólogo, los invito a reflexionar sobre las cosas cotidianas que vamos enseñando a nuestro hijos que, aunque no nos damos cuenta en el momento, o nos parecen inofensivas, los dañan profundamente. ¿Para qué necesita un niño de 10 años un teléfono celular de miles bs?, ¿para qué necesita una señorita de 15 años una cirugía plástica?; ¿será que esto los hace más valiosos y con mayor autoestima?

Escojan siempre el amor con sensatez, antes que el amor con locura para sus hijos.